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LA NAVIDAD OCULTA
Material recopilado y transcrito por G.T.O.
EN VALPARAISO, CHILE, EL 15 DE DICIEMBRE DEL 2012

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El nacimiento de Jesús que relata Mateo es el corazón del ciclo festivo del solsticio de invierno, que se extiende hasta el 5 de enero. Pero esta narración simbólica también transmite una historia real a través de la cual podemos vislumbrar el verdadero rostro del Mesías que iluminó al mundo desde Galilea.
Cada año se representa la misma escena familiar: la estrella que guió a los magos de Oriente hasta el pesebre, la Virgen y el niño Jesús. Son imágenes inspiradas en El Evangelio según Mateo, que preceden a la Huida a Egipto y a la matanza de los inocentes. Pero pocos advierten que este relato encierra una historia oculta y un misterio fascinante.

Para muchos autores se trata de una «leyenda» sin contenido histórico. Las estrellas no se mueven. Tampoco existe mención de una matanza de niños en otras fuentes. Sólo Mateo narra estos hechos. Por tanto, su conclusión es que éste inventó un suceso milagroso para rodear el nacimiento del Mesías cristiano de grandes prodigios en el Cielo y en la Tierra. El resultado habría sido el mito de la Natividad, completado entre los siglos II y IV por apócrifos como el Pseudo Mateo.
La Estrella y los Magos
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Sin embargo, la estrella que tanto ha dado que hablar sirvió de guía a todas las culturas antiguas, como un auténtico faro celeste. Era Sirio, la estrella-perro (guía) de la constelación de Orión. En los días de Jesús, los sabeos mandeanos rindieron culto a «la Estrella-guía». Al parecer, Juan el Bautista fue un mandeo. Y la conexión de esta corriente judía heterodoxa con Egipto era estrecha: peregrinaban a Giza, creían que las tres pirámides de dicha meseta eran las tumbas de sus profetas Set e Idris (Enoch) y reivindicaban una religión adámica de la cual había sido seguidor Abraham, el primer antepasado de Jesús en la genealogía de éste que recoge Mateo. Y ciertamente, la «Estrella-guía» de los mandeos (Sirio), se movía: su ascenso en el Cielo precedía a Orión, cuyo cinturón tachonaban tres astros rutilantes: tres magos que peregrinaban en el firmamento de Oriente. Las pirámides de Giza habían sido concebidas por los antiguos egipcios como un reflejo de estos tres astros del cinturón de Orión sobre la Tierra.

En esta cultura, Orión era Osiris, el dios muerto y resucitado por su esposa Isis, identificada con Sirio. Como para ellos Escorpio era el falo del Osiris celeste y dicha constelación se ocultaba cuando se levantaban Sirio y Orión, la procreación del dios hijo Horus se había consumado sin intervención del sexo de Osiris, devorado por un pez. El milagro se repetía todos los años y su signo era la inundación del Nilo, el reflejo en la Tierra de la Vía Láctea.

La conexión egipcia de la Navidad cristiana aparece en Mateo desde el principio. La genealogía de Jesús se compone de 3 tramos de 14 generaciones cada uno. Y Mateo añade algo obvio: si sumamos el segundo tramo de 14 al primero obtenemos 28 y, añadiendo el tercero, hacen un total de 42. Los tres números son claves del mito de Osiris, que en el año 28 de su reinado fue asesinado y mutilado en 14 trozos por su hermano Seth. Después, el dios fue resucitado por su esposa Isis, asistida por el dios Thot, que había compendiado la suma de la sabiduría divina revelada a los antiguos egipcios en 42 libros secretos (el total que suman las generaciones en Mateo). Con este simbolismo, éste nos señala la pista egipcia, precisamente el país hacia donde se dirige la Sagrada Familia después de la Adoración de los Magos.

En su genealogía Mateo incluye a 5 mujeres. ¿Por qué sólo 5 entre 42 posibles? La respuesta es fácil. La estrella de 5 puntas representaba el dominio estelar y el número sagrado de Horus, símbolo de sus ojos y de su linaje divino: el Sol paterno (3) y la Luna materna (2). Y otro indicio de que la Estrella de Belén era Sirio, representada como estrella de 5 puntas en la cultura del Nilo y por los iniciados.

El número 5 y su figura geométrica asociada (pentágono), que dio lugar al Pentagrama –estrella de cinco puntas inscrita en el círculo–, tenía un profundo significado místico. Por el hecho de unir al primer par (2, número femenino) y al primer impar (3, masculino) era considerado un símbolo nupcial. Así lo interpretaban también los pitagóricos griegos, entre quienes fue un signo de reconocimiento entre iniciados, como la imagen del pez para los primeros cristianos, evocadora del pez que devoró el falo de Osiris y también del misterioso pez-profeta, hermano de Horus, en una variante del mito egipcio que transmite Plutarco, en la cual este dios hijo se autoengendra en Edfu. Como el pez (Piscis), también el 5 tenía resonancias astronómicas entre los griegos, porque se asociaba a los cinco planetas conocidos y especialmente a Venus, antigua diosa madre.

Mateo nos transmite así la naturaleza divina de Jesús desde su nacimiento: el cumplimiento de una promesa revelada a todas las culturas desde la noche de los tiempos. El Hijo de Dios había encarnado aquella noche que conmemora la Navidad. La Estrella-guía Sirio condujo a los magos celestes del cinturón de Orión. Al iluminar el pesebre, éstos derramaron la gracia de Dios sobre el niño: incienso (santidad), mirra (sabiduría y resurrección) y oro (realeza). Ni la Estrella-guía ni los magos faltaron en aquel establo.

Esta conexión egipcia está bien documentada. En sus Anales, el historiador romano Cornelio Tácito –que fue miembro experto de una comisión imperial para asuntos religiosos–, afirma que los judíos formaban «una sola superstición con los egipcios». Tácito se refería a los primeros cristianos, que se consideraron judíos hasta su separación de la sinagoga, consumada bajo Nerón.
La matanza de los inocentes
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No hay otros documentos, aparte de Mateo, que recojan la matanza de los inocentes. Pero cuando Jesús tenía aproximadamente 12 o 14 años, los soldados de Roma pasaron a cuchillo a la población de Séforis, capital de Galilea muy próxima a Nazareth, debido a la revolución del censo. Esta masacre tuvo lugar hacia el año 6-7 d.C. Jesús debió contemplar muchas veces las ruinas de Séforis. En sus días, las matanzas de inocentes en Galilea fueron frecuentes.

Mateo no recogió un hecho histórico literal con el episodio de la matanza de Belén, pero tampoco ideó una fantasía. Simplemente, elaboró un midrash, un género característico de los judíos que consiste en un relato simbólico en el cual se recogen los antecedentes bíblicos de un hecho, a través de los cuales se expresa su significado trascendente. Este era el método para explicar las causas de la historia en su cultura. Los símbolos que representaban dichas causas tenían para ellos el mismo valor que concedemos hoy a los factores económicos, políticos y sociales. Y como éstos, explicaban los hechos históricos desde el punto de vista de aquella cultura.

En este caso, Mateo evoca la profecía de Oseas (13,16), que se refiere a la destrucción del reino del norte de Israel por los invasores asirios (722 a.C.). Oseas describe la desgracia de su capital (Samaria): cómo sus «niños fueron estrellados» y sus pobladores «pasados a cuchillo». Este episodio sirve como antecedente evocador de muchas matanzas, como la de Séforis, pasada a cuchillo por los nuevos invasores romanos. Mateo alude a Oseas, porque éste asocia la masacre de niños a su profecía de un Mesías que redimiría a Israel. Y como es característico del midrash, también evoca otras profecías afines. Entre ellas, la de Isaías, que se refiere a un niño a quien llamarán Dios y Príncipe de la Paz (9, 6), después que el pueblo vea «una gran luz» (9,2), aludida por el Evangelio como la Estrella-guía. De este modo, Mateo reviste a Jesús con los signos del Mesías anunciado por Isaías, Oseas, Miqueas y Jeremías. Un Enviado que uniría los reinos del norte (Efraim) y del sur (Judá), así como a los desterrados por Asiria y a los esparcidos en Babilonia de todas las tribus de Israel.
La palmera escondida
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Entre las 5 mujeres que menciona Mateo en su genealogía de Jesús, la primera es Tamar, nombre que significa «palmera», y la segunda Rahab, mujer de Jericó, una población conocida como «la ciudad de las palmeras». La intención simbólica de Mateo sería recogida por la tradición del Islam en el sura XXI del Corán, según el cual la Virgen María sufrió los dolores del parto bajo una palmera que le alimentó.

El Evangelio nos sitúa así ante un símbolo sagrado común a todas las culturas antiguas para expresar el alcance universal de la misión de Jesús. En Egipto, la palmera datilera aparece asociada a las diosas madres, como Hathor y Nut. En Mesopotamia es el árbol consagrado a la diosa Isthar. En Persia, fue la representación del Árbol de la Vida. También se vincula con la resurrección, ya que el Fénix hacía su nido en una palmera. Este simbolismo, que recogen Plinio el Viejo y otros autores antiguos, dio lugar a la artesanía ritual de la palma blanca como ofrenda a las diosas madres vírgenes, que después sería transferido a la Virgen María. Su elaboración se conseguía envolviendo las hojas de palma para que no las tocara el Sol masculino y se preservaran así como un atributo femenino puro, relacionado con la concepción virginal. Actualmente, aquella antigua artesanía tiene su último reducto en la ciudad española de Elche, donde un grupo de familias sigue transmitiendo de padres a hijos el arte de tejer ramos y coronas para la Virgen con estas palmas blancas.

Este palmeral histórico de Elche hoy es «Patrimonio de la Humanidad». La misma Humanidad a la que Mateo dirigió su evangelio, más allá de su auditorio judío. Por eso, inicia su genealogía con la misma frase que emplea el Génesis para introducir la descendencia de Adán, aunque sólo se remonte hasta Abraham: «Este es el Libro de las generaciones de Jesucristo». Y por idéntico motivo, Lucas complementó a Mateo en su texto, prolongando su genealogía hasta Adán. Para enfatizar el simbolismo de estas genealogías –y no para contradecir a Mateo–, Lucas siguió una línea davídica no real a partir del rey David.

Pero nada de esto excluye que el Evangelio refleje los hechos históricos. Sólo que sus autores entendían la historia como hombres de su tiempo. La Huida a Egipto que aparece en Mateo transmite el simbolismo que hemos expuesto, pero eso no significa que Jesús no viajara a Egipto. En el Talmud judío se le acusa de haber traído de allí conjuros mágicos. En su Discurso contra los cristianos, Celso afirma que fue un pobre emigrante en Egipto, donde habría trabajado como jornalero. El obispo episcopaliano John Shelby Spong, en su libro Jesús, hijo de mujer (Ed. Martínez Roca), también considera que Jesús creció en un medio de pobreza.
¿Nació de una virgen? Mateo se remite a la profecía de Isaías 7, 14-23, pero la toma de la traducción griega de la Biblia. Dicha versión tradujo el término hebreo almah (mujer joven) por el griego parthenos (virgen), cuyo equivalente hebreo es bethulah, no almah. Sin duda, hubo algo irregular en el nacimiento de Jesús. Marcos no menciona ninguna concepción virginal e identifica a Jesús como «el hijo de María», aparte de referirse de pasada a ciertos rumores que rodearon su nacimiento, cuyo contenido él no recoge ni comenta en su texto. El Talmud y Celso lo califican de fruto de un adulterio de María. Y Mateo parece responder a estas acusaciones con las 4 mujeres que la preceden en su genealogía, porque éstas tienen en común una imagen estigmatizada desde el punto de vista de las costumbres judías, pero también fueron objeto de una injusticia manifiesta o bien víctimas inocentes de las circunstancias. Cada uno es libre de dar crédito a la fuente que encuentre más fiable. Unos creen en el milagro de la concepción virginal, otros ven en el símbolo de «la virgen de Dios» una verdad espiritual que no se refiere a una realidad física y hasta hay quienes hacen juicios de intención, atribuyendo a Mateo la voluntad oportunista de ganarse a los paganos habituados al mito de la madre virgen de un dios-hombre.

En cualquier caso, resulta significativo que Mateo no recoja en su genealogía a ninguna de las madres impecables de Israel desde el punto de vista étnico –Sara, Raquel y Lía–, sino sólo a esas 4 mujeres estigmatizadas y extranjeras, provenientes de linajes considerados malditos por los judíos, como los moabitas (Ruth) y cananeos (Tamar y Rahab), o bien sometidos al vasallaje como los hititas (Betsabé). ¿Quiso representar Mateo en esas mujeres los 4 brazos de la cruz histórica de María? ¿Era una mujer sin linaje? ¿Acaso una humilde espigadora que recogía la sobras de la cosecha caminando detrás de los jornaleros como Ruth?
El círculo de los gentiles
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Probablemente, el nacimiento no ocurrió en Belén de Judá. Esta localización parece simbólica y apunta a identificar a Jesús con el Mesías esperado por los judíos, para quienes debía ser descendiente de David, cuya cuna legendaria era Belén. Pero también en este punto el Evangelio parece inspirado, ya que, en el oráculo primitivo hebreo, la profecía de Miqueas 5,3 no mencionaba a Belén, sino a Efrata. Y este nombre evoca a Efraim, una de las denominaciones que la Biblia emplea para referirse al reino del norte de Israel, destruido en el siglo VIII a.C. por los asirios, al que había pertenecido la región que fue conocida como Galilea en los días de Jesús.

Las otras denominaciones bíblicas de este reino del norte fueron «reino de Israel», «reino de José» –nombre evocador de Egipto a través de este hijo de Jacob, casado con una hija del sacerdote egipcio Potifera– y Samaria. Jesús destacó como defensor de esta población despreciada por mestiza y herética. Más aun: junto al pozo de Jacob se presentó ante la mujer samaritana como el Mesías que ella esperaba, según Juan. Eso indica que Jesús se identificó con el Taheb, el Mesías samaritano. De modo que Belén pudo ser una localización simbólica del midrash, a través de la cual se proyectaba el hecho de que Jesús había nacido en Efraim (Efrata), región que había incluido a Galilea y cuya capital fue Samaria, otro nombre dado al reino del norte en la Biblia.

Ninguna de estas circunstancias merma grandeza a Jesús, aunque le añada sufrimiento a ese «varón de dolores» que había profetizado Isaías. ¿No era acaso lo propio del Mesías de los pobres y humillados un nacimiento irregular y calumniado, en medio de la pobreza y en un rincón oscuro de la remota Galilea, despreciada por los judíos de Jerusalén como tierra mestiza? Hasta el nombre de esta región donde estaba Nazareth (Galil hoyim), tenía connotaciones evidentes de «impureza racial», puesto que significaba «círculo de los gentiles».

La Huida transmite otro mensaje importante que, en general, ha sido interpretado sólo desde una perspectiva judía ortodoxa. Mateo habría comunicado con dicho episodio que Jesús era el nuevo Moisés, evocando con este midrash el episodio bíblico en el cual el faraón ordena ahogar en el Nilo a los niños varones de Israel. Sin embargo, cabe preguntarse si su intención no fue aludir también a otro antecedente bíblico que no pudo pasarle inadvertido, porque encaja mucho mejor con la masacre de Belén: la matanza de niños edomitas perpetrada por Joab, general del rey David, que estuvo a punto de dejar sin varones a Edom (I Reyes, 11). De este cruel genocidio sólo se salvó el pequeño príncipe Hadad, que huyó a Egipto para regresar siendo hombre y proclamar la independencia de Edom. Así se cumplía la promesa que Yavhé había hecho a Esaú, primogénito de Isaac y padre de Edom, despojado de su derecho como heredero en beneficio de su hermano menor Jacob (Israel).

Hay una evidente simetría entre la matanza de Belén ordenada por el idumeo Herodes –Idumea nació de Edom– para eliminar a un supuesto heredero davídico (Jesús) y la de Joab, ordenada por David para eliminar al heredero de Edom. ¿Simbolizó Herodes el Grande la venganza de Edom en el midrash de Mateo? ¿Empezó su vida Jesús expiando este pecado de Israel y cumpliendo desde su nacimiento esa función mesiánica que había profetizado Isaías?
Los edomitas se consideraban descendientes de Ismael (padre de los árabes), a través del matrimonio de una de sus hijas, llamada Bashemat, con Esaú. Ismael también había sido despojado de sus derechos en beneficio de su hermano menor Isaac, ya que era el primogénito de Abraham, el primer nombre en la genealogía de Jesús que nos transmite Mateo.

En I Reyes también se narra otra Huida a Egipto: la de Jeroboam, efrateo de Sereda, hijo de Nabat. El profeta Ajías le anunció que fundaría el reino del norte como líder de 10 de las 12 tribus de Israel y Salomón quiso matarlo (I Reyes, 11). Como sucedió con Hadad, Jeroboam también encontró refugio en Egipto, de donde regresó para independizar a Israel del reino de Judá.

Sin duda, existe una base sólida para pensar que el Evangelio recoge un hecho histórico importante que pudo tomar forma de proyecto mesiánico en la época de Jesús. Todas las profecías bíblicas que evoca se sitúan en la época de la destrucción del reino del Norte (siglo VIII a.C.). También anuncian a un Mesías libertador, que un profeta del norte como Oseas (1, 11) identifica simbólicamente con Jezreel, de quien nos dice que «su día será grande» y que unirá a Efraim (norte) y Judá (sur) bajo «una sola cabeza». Incluso presenta imágenes muy sugerentes en relación a Jesús: «al tercer día nos resucitará y viviremos delante de él» (Oseas 6,2).

A su vez, Isaías y Miqueas, profetas del sur y contemporáneos de Oseas, aluden a los mismos hechos, aunque destacan que el Mesías vendría del tronco de Isaí (padre de David), como nueva «rama», «vara» o «renuevo». La Raquel que llora a sus hijos en Ramá –también evocada en el Evangelio–, proviene de Jeremías y también alude a la destrucción del reino del norte.

Una posibilidad es que estemos ante los vestigios de un hecho histórico: la proclamación de un Mesías galileo, enviado por Dios como representante de todos esos linajes nacidos de primogénitos despojados, que habían dado lugar a distintos pueblos semitas emparentados entre sí y que tenían en Abraham su padre común. En este caso, el Mesías galileo debía nacer simbólicamente en Belén para tomar el relevo del linaje davídico, como en su día David (de la tribu de Judá) había tomado el testigo de la función real, que hasta entonces había recaído en el rey Saúl, de la tribu de Benjamín. Por eso, una vez ungido, David desposó a Mikal, hija del depuesto Saúl. Por lo tanto, el nacimiento simbólico en Belén pudo ser un equivalente de la boda de David con Mikal: la forma en que el nuevo ungido de Dios tomaba el relevo al frente del pueblo elegido, legitimándose como sucesor al asumir un vínculo con el linaje desplazado que simbolizaba la continuidad sagrada.

Este recurso es un tópico bíblico recurrente. Dios quita con frecuencia los privilegios otorgados a un individuo o a un linaje y los da a otros. También es importante advertir que, en el evangelio de Juan, Jesús replica a los saduceos que el Mesías no tiene por qué pertenecer al linaje de David, puesto que éste le reconoce como «Señor de mi Señor». A su vez, en la Epístola a los hebreos se compara a Jesús con la figura legendaria de Melquisedec, el misterioso rey de Salem, de quien se nos dice que no tenía padre ni linaje, pero a quien Abraham había reconocido como al sacerdote perfecto y pagado el diezmo. Hebreos afirma que, como Melquisedec, Jesús está por encima de cualquier linaje humano porque su autoridad emana de «una vida indestructible». Por ello, este texto cristiano funda la Nueva Alianza sobre el Orden de Melquisedec y sostiene que es superior al aarónico-levítico de Judá.

Todo sugiere que Jesús pudo ser un Mesías galileo que proclamó un ambicioso proyecto de unificación nacional, mucho más amplio del que estaban dispuestos a admitir los judíos del sur. Debía llegar cumpliendo la profecía en la cual Dios había anunciado: «De Egipto llamaré a mi Hijo». Y todas las fuentes –incluso las hostiles– indican que residió allí, porque ésta era la tierra de origen de todos los descendientes de Abraham. Dicho proyecto mesiánico pudo incluir a todas las tribus de Israel (Jacob), a la población «mestiza» del reino del norte (Galilea y Samaria) y, tal vez, a ismaelitas (árabes), idumeos (edomitas), y nabateos, que descendían de otra hija de Ismael casada con Esaú.
El origen de la Nueva Alianza
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En los días de Jesús el reino nabateo de Siria vivió sus años de mayor esplendor (entre el 6 a.C. y el 40 d.C). El Evangelio afirma que Juan el Bautista fue asesinado por Herodes Antipas porque éste denunció su matrimonio con Herodías. Al unirse a ésta, Herodes abandonó a su primera esposa, hija del rey nabateo Aretas. Flavio Josefo sostiene que Herodes Antipas mandó matar a Juan «porque soliviantaba el pueblo». Nada impide que el motivo incluyese, precisamente, esa afrenta a los primos nabateos, motivo por el cual el rey Aretas atacó y derrotó a Herodes Antipas en el año 36. Siria fue un lugar de asentamiento de las comunidades mandeas del Jordán, como la del Bautista.

Otro indicio que señala en la misma dirección es que Siria, Samaria y otros territorios vecinos, sirvieron de refugio a los cristianos cuando huyeron de la primera gran persecución desatada en Jerusalén. Esto prueba que allí existía una base social favorable en los años inmediatos a su crucifixión. Por motivos cronológicos obvios, ese clima social favorable tuvo que cimentarse en vida de Jesús.
¿Estamos ante indicios de cuál fue el auténtico origen histórico de la Nueva Alianza entre Dios y la Humanidad? ¿Nos transmite la Natividad de Mateo el hecho histórico que sirvió de embrión a la religión universal del cristianismo, recogido por Lucas al prolongar de forma intencionada su propia genealogía de Jesús hasta Adán?
De algo podemos estar seguros: se trata de un escenario muy probable a la luz de las fuentes disponibles.