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Escuchando los acordes de la verdad de la música de nuestro patrono, los mozártides nos hemos hecho protagonistas de la ópera mágica de la francmasonería, y entendido que su ultérrimo objetivo es entregarnos los medios y conocimientos para alcanzar el estado de serenidad.

Para nosotros ser masón, esto es constructor e hijo de la luz, es una meta operativa, posible de alcanzar si se vibra en si bemol mayor, como se dice en Mozart, esto es, con compromiso, eficiencia, eficacia y amor, lo que nos llevó a adoptar las siguientes seis ideas conductuales, como las seis letras de la palabra Mozart, cuando componemos la sinfonía de la vida :

1.- Alcanzar la serenidad es un asunto de aprendizaje, y aprender es realizar un esfuerzo decidido por alcanzar un fin, no una adquisición inmediata a través de un acto de gracia o de dádivas otorgadas por poderes sobrenaturales.

Tenedlo presente cuando estéis triste.

Lo anterior importa un compromiso de buena administración de las aptitudes con que nacemos, pues, como dijo Mozart, “un masón no se hace. Masón se nace”, todo cuanto implica que la adopción del camino de la masonería debe ser inspirado por un poder impersonal, que es la logia, encerrando un fuerte sentido de adhesión y pertenencia para canalizar las aptitudes de quienes optan por el camino, pues un iniciado es un escogido, y por el mero hecho de haber sido seleccionado por un poder, es ya distinto de las personas comunes.

Por ello en la logia de los Mozártides concebimos al aprendizaje como un proceso de búsqueda constante.

2.- La serenidad se alcanza con la rigidez de la virtud, esto es, el iniciado ordena su vida conforme a esos valores universales que actúan en nosotros aún sin nosotros, y que inspiran la existencia, desdeñando las invitaciones de factores que pueden distraerlo del plan divino, esas dos reinas de la noche que deambulan en la profanidad : como enseñó con irreverencia un maestro de nuestros maestros, ¡Cuidáos de la meretriz y de la demente que viven en vos!.

La primera es vuestra razón y la segunda vuestra imaginación, que suelen jugarnos malas pasadas de vez en cuando.
En definitiva, sed dueño de vos.

No permitáis que vuestra mente os domine o que vuestra imaginación os lleve a un mundo irreal, y así seréis más consciente y responsable de vuestros actos y por ende no echaréis la culpa a los otros de lo que os sucede: no podéis ser un pordiosero dependiente.

Queremos que despertéis al héroe que vive en vos.

Pero sólo vos podéis despertarlo.

Así, la rigidez de la virtud nos enseña, como iniciados, rectitud de juicio, libertad para invocar a las fuerzas superiores y alegría de vivir.

La rigidez de la virtud importa de este modo una guía para elegir en forma lógica y ética entre las diversas alternativas que enfrentáis en cada uno de vuestros actos, exigiéndoos mayores responsabilidades en el mundo conforme vayáis alcanzando progresivamente más sabiduría.

Responsabilidades que os recuerdan en cada paso que dais que la persona virtuosa actúa conforme a sus compromisos, en tanto la persona que no lo es lo hace acorde con lo que cree son sus derechos.


3.- El iniciado debe ser operativo, lo que nos da un sentido de dirección. Y si todas las opciones de actuación están previstas en el plan divino, la instrucción iniciática está igualmente prefijada, por lo que las luces que os otorgan los símbolos debéis usarlas no sólo para desentrañar la respuesta a las tres interrogantes tradicionales de la esfinge, sino para saber cómo funciona la vida y así obtendréis el mejor provecho de ella conforme al plan del gran arquitecto: queremos que seáis feliz.
Por eso, ser operativo importa utilizar todos los recursos que las enseñanzas ponen a nuestra disposición, lo que nos convierte en seres maleables, inventivos y fluidos.

En caso contrario, la calidad de obligatorios o a lo menos de posibles de todos los actos podría convertir la existencia en algo estéril o aburrido.
De tal suerte, la libertad de buscar un camino se refiere a escoger entre diferentes posibilidades de acción igualmente efectivas y practicables, donde el criterio para elegir es la ventaja de una posibilidad sobre las otras, basándose en la propia preferencia y en el ejercicio de la virtud, teniendo en consideración vuestras personales razones específicas de actuar con el flujo esperado o posibles consecuencias de vuestro actuar, valorándolo conforme a su coherencia con el plan divino y la armonía de la existencia.

Y cuando tengáis dudas, orad.

Pero orad también, en forma desinteresada, a lo menos tres veces al día, cuando no dudéis, y así seréis más operativo y ayudaréis a que la humanidad sea mejor.

4.- El masón debe ser un guerrero, que día a día, acorde tras acorde de su existencia, desafía a los dioses, para robarles sus arcanos.

La existencia de un iniciado es un compromiso permanente, y la idea de ser un guerrero le proporciona los medios para alcanzar estabilidad emotiva, lo que nos ha llevado a entender que un masón debe tener respeto por los demás, que debe estar siempre despierto y confiar en sí mismo.

Por tanto, nuestra concepción del iniciado guerrero es para nosotros una forma de autodisciplina que subraya que los intereses personales deben armonizarse con nuestro compromiso con las virtudes, pues sólo así el interés personal será compatible con la armonía del todo.

El compromiso con las virtudes aconseja al iniciado estar alerta frente a los cuatro simbólicos adversarios que encontrará en su camino: el poder, la claridad, el miedo y la vejez.

Un iniciado operativo, como ha de ser un Mozártide, debe ser valiente para enfrentarse a cada uno de esos cuatro adversarios, hasta el último instante de su vida, y así continuar su ciclo de evolución natural, para lo que cuenta con la ayuda de los cuatro elementales a que es presentado en la noche de su iniciación.

Así, los elementales de la tierra le protegerán frente a las tentaciones que el adepto pueda sufrir cuando alcance una merecida posición de poder temporal, permitiéndole ejercerlo con virtud y sabiduría.

Los elementales del agua le renovarán permanentemente sus conocimientos, desde sus eternos manantiales, preservándolo de una supuesta claridad de mente que le haría prisionero del dogmatismo.

Los elementales del viento debilitarán sus miedos, ayudándole a conquistarlos y a triunfar sobre ellos, demostrándole que el iniciado valiente no debe tener miedo de otra cosa que del miedo.

Así será libre y seguro.

Y, en fin, los elementales del fuego lo renovarán cada día, como al ave fénix, alejándolo de la vejez y del aburrimiento y lo convertirán en una persona siempre innovadora y dueña de sí, el héroe victorioso que nuestra logia quiere despertar en vos.

Por ello los Mozártides creemos que, como guerrero, un masón, con la ayuda de las inteligencias de los elementales, está en condiciones de alerta, despierto y preparado para confiar en sí mismo, es decir, con la seguridad que el propósito específico del acto que pueda elegir realizar era el único camino plausible y coherente con nuestras convicciones y la virtud natural.

Sin confianza en nosotros mismos, seríamos incapaces de cumplir uno de los aspectos más importantes de las enseñanzas: la capacidad de reclamar el conocimiento como poder, y terminaríamos renunciando a ser dueños de nosotros mismos.


5.- Ser masón implica ser una persona de esfuerzo, y el esfuerzo se vincula con la eficacia, lo que significa canalizarlo en forma adecuada, pues los esfuerzos estériles no son sino una forma de muerte.

En ese orden de ideas, ser masón no consiste en meramente pasar un ceremonial, sino más bien se trata de un proceso incesante que requiere persistencia, recordar la propia impermanencia y pensar con el corazón.

Creemos que si el iniciado permanece dentro de tal marco de pensamiento, la idea de respeto se extenderá para incluirlo a sí mismo, pues uno es igual de desconocido que lo desconocido en sí.

El ejercicio de tan temperante sentimiento de respeto por el propio tiempo trasforma el aprendizaje de este conocimiento, que de otro modo habría podido parecer absurdo, en una alternativa muy racional.

6.- el masón cuenta siempre con aliados en su logia, que concebimos como el lugar donde nadie es mejor ni peor sino igual, donde cada cual aporta lo mejor de sí a la composición de la sinfonía que debe ser el egrégoro del taller.

Los aliados, nuestros hermanos, los concebimos en mozart como un poder capaz de transportar a una persona más allá de los límites de sí misma; es decir, vemos a nuestra logia como un poder que permite trascender el terreno de la realidad ordinaria.

En consecuencia, tener una logia implica la posesión de poder, y el hecho que un masón tenga una logia como aliada es en sí mismo prueba que se ha alcanzado la meta operatoria de las enseñanzas.

El acercamiento a las verdades absolutas a través de una logia importa internarse libremente en un consenso especial sobre determinados símbolos, pero ese consenso especial, por ocuparse de acciones y elementos percibidos en la realidad no ordinaria, involucra un orden peculiar de conceptualización, un orden que busca corroborar la concordancia de tales acciones y elementos entre sí, para encontrar las grandes respuestas que nos permitan tener una vida armónica y feliz.

Por tanto, la aceptación de los símbolos significa para todo adepto la adopción de cierto punto de vista validado por la totalidad de las enseñanzas, esto es, constituye la entrada a un nivel conceptual, que a su vez hace comprensibles esas enseñanzas.

Como en toda actividad, el masón enfrentado a asumir este orden de conceptualización, puede fracasar o tener éxito.

La primera alternativa, no adoptar el orden conceptual, significa que el adepto no logró la meta operatoria de las enseñanzas, un fracaso que bien puede explicarse por la eventual intervención de los cuatro adversarios de un iniciado, pese a todo cuanto la iniciación no se frustra, pues el fracaso no consiste meramente en el acto de discontinuar la búsqueda de la meta, sino en abandonarla por entero bajo la presión creada por cualquiera de los cuatro simbólicos adversarios, lo que bien se sabe, rara vez ocurre.

Al ser derrotado, un masón se queda sólo con el conocimiento de ciertas técnicas básicas, más el recuerdo de lo percibido de la realidad no ordinaria en nuestro rito, pero no alcanza el razonamiento que habría podido dar significado a dichas técnicas y recuerdos rituales, perdiendo la operatividad.

El éxito en la adopción del orden conceptual simbólico significa, en cambio, que el adepto alcanzó la meta operatoria, adquiriendo un compromiso con ese lenguaje.

La aceptación del consenso que importa el simbolismo involucra, de tal forma, la idea de la realidad de ese consenso y, lo más importante, que ello tiene un valor pragmático, práctico, y operativo, tan utilizable como los elementos de la vida ordinaria del mundo de extramuros.

Por ello ser iniciado y masón no es un logro permanente, sino más bien un proceso.

Recordad siempre que compartimos las esencias de la diosa Isis, madre de la naturaleza y del dios Osiris, astro rey de la vida, como también de Horus, el hijo del gran esfuerzo mental del todo.

Más allá de la mecánica ciega, más allá de la rigidez de las leyes que mantienen el universo, vive el sabio propósito para el que trabajamos con todos los atributos de nuestra mente: hoy como simples albañiles, para ser mañana los arquitectos de una mejor y renovada humanidad.
gravirgo@gmail.com

"ABRE CADA MAÑANA CON LA LLAVE DEL AMOR, PORQUE EL AMOR ES FUENTE DE TODA SABIDURÍA"
W.A.MOZART