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CHASCARROS Y ANÉCDOTAS DE WOLFI

¿CÓMO SE COMPONE UNA SINFONÍA?

Se dice que cuando Wolfgang Amadeus Mozart (1756-91) era sólo un adolescente se le acercó otro muchacho de su edad y le preguntó cómo componer una sinfonía.
Imperturbable y seguro de sí mismo, Mozart le contestó que aún debía dejar pasar muchos años.
Irritado, el joven le objetó: "Pero tú ya componías a los diez años".
La respuesta de Mozart fue demoledora:"Sí, pero no tenía que preguntar cómo".
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El misterioso número 3:

Se sabe que Mozart fue Masón y en la masonería el número 3 es muy significativo, ya que representa un papel fundamental en sus rituales.
Por eso Mozart inundó muchas de sus obras con este número.
Así, en La Flauta Mágica, aparecen 3 acordes mayores en la obertura, 3 hadas, 3 niños que conducen al protagonista por el bosque, 3 instrumentos mágicos, 3 pruebas, 3 cualidades del protagonista, 3 templos...
Mozart erótico:

Mozart incluía en casi todas sus obras representadas un toque bastante pronunciado de erotismo camuflado.
Pero a veces no tan camuflado.
De hecho compuso un canon al que tituló de forma totalmente pornográfica: "Leck Mich in Arsch" que así puesto... no dice nada en español..., pero si os dais el trabajo de averiguar o traducir tal epíteto, el significado más suave que tiene es: “Hijo de…” o algo por el estilo…
El niño prodigio:

Con ocho años, siendo ya un reputado concertista, Mozart compuso su primera sinfonía, y fulminó los requisitos para ser un auténtico niño prodigio.
Lo curioso es que su última sinfonía (la número 41) que compuso poco antes de morir, tiene un tema de 4 notas iguales al Andante de la primera: do, re, fa, mi...
Acaso, ¿sabía Mozart que no iba a escribir más sinfonías?
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Mozart odiaba el sonido de la flauta:

Mozart no soportaba el sonido de una flauta. "Lo único peor a una flauta, son dos".
De hecho los conciertos para flauta que escribió fueron todos por encargo, hasta que por primera vez sustituyó este instrumento por el clarinete, y creó el fantástico Concierto Para Clarinete K.622.
A partir de entonces empezó a considerarse este instrumento dentro de las orquestas.

OTRA MÁS SOBRE SU PRODIGIOSA MEMORIA:

Wolfgang Juan Crisóstomo Amadeo Mozart (Salzburgo, Austria, 1756 - Viena, Austria, 1791), de quien se dice que no sabía si inclinarse por la música o por a las matemáticas, pues era extraordinario en ambas disciplinas, tenía la mejor memoria que ser humano alguno haya poseído, según mencionan las crónicas de la época.
Se le podía decir un número de cuarenta y ocho cifras que lo memorizaba y jamás lo olvidaría.

- En una ocasión en que al Emperador de España: José II de Habsburgo le obsequió una sonata para piano -el día en que el gobernante conoció a Mozart- el monarca quiso donársela al músico.
El joven Mozart abrió las páginas de la composición, las vio solamente una vez y le dijo al Emperador que Su Majestad la conservara, alegando que ya las había memorizado por completo.
Ante el rostro, entre asombrado e impávido del gobernante, el autor de la "Pequeña música nocturna" para demostrarlo tomó un piano y ejecutó la melodía que el Emperador le ofrecía, al derecho y al revés ante el silencio y la admiración de toda la corte Imperial.
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DEL NOMBRE “AMADEUS”:

* Amadeus era un jovencito movedizo, que corría alrededor de las mesas y mostraba una marcada inclinación por la escatología y la composición instantánea.
Hay dos problemas.
El primero es que el verdadero Mozart, si bien, como se sabe, era competente técnicamente desde la niñez, tomaba la composición como algo bastante serio; dominaba el estilo de su época pero, obviamente, no se limitaba a escribir correctamente en el estilo de su época: corregía, borroneaba, buscaba, tiraba y volvía a escribir.
Nada más alejado de la realidad que esos dibujos con las manos en el aire (en una época en que el director de orquesta apenas existía en la figura del clavecinista que tocaba los acordes y marcaba el pulso) y la exaltación de púber incontinente –casi como el cherubino de Las bodas de Figaro–, imaginando oboes y violines virtuales.
* El otro problema es que Johannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart jamás se llamó “Amadeus”.
Lo más cerca que estuvo del nombre con que lo hizo célebre el film de Milos Forman, basado en la obra de Peter Shaffer, fue en una carta escrita desde Francia donde bromeó con la firma “Amadé”, una especie de traducción antojadiza del Theophilus original, o del Gottlieb con que a veces lo reemplazaba en su ciudad natal –en todos los casos, el sentido es “amor a Dios”, ó “Amado por, o, de Dios”–.
* Sin embargo, Mozart también hacía otras bromas con su autógrafo: se daba a firmar como: “Trazom”, por ejemplo; pseudónimo que no llegó a alcanzar la popularidad del anterior.

* El caso de Mozart es ejemplar.

Su fama le remite a:
• un nombre que nunca usó,
• una rivalidad con Antonio Salieri que nunca existió,
• un misterioso encargo que jamás lo fue –aunque existan controversias acerca de si fue Franz Anton Leitgel o el Dr. Johann Sortschan quien actuó como emisario del Conde Graf Franz von Walsegg en la comisión de un Requiem a la memoria de su esposa, Anna Flammberg, muerta a los 20 años de edad–, una obra (precisamente ese Requiem) compuesta en su gran mayoría por otro y,
• Claro, el viejo y bueno Waldo de los Ríos y su meticulosa modernización y desarrollo – del primer movimiento de la Sinfonía Nº 40, en Sol Menor.
• El verdadero humor del auténtico Mozart hay que buscarlo, más bien, en las citas musicales durante el concierto con el que unos músicos entretienen a Don Giovanni en el último acto de dicha ópera.
Primero se escucha un fragmento de La cosa rara, de Martín y Soler, luego un trozo de Litiganti, de Giuseppe Sarti, y, finalmente, una parte de un aria de Figaro, de Las bodas... Leporello comenta entonces: “Ah, ésta la conozco bien”.
En Don Giovanni, donde no hay personajes buenos y malos sino inmensamente contradictorios y, todos, bastante amorales –como la humanidad, al fin y al cabo–, Mozart y su libretista Da Ponte llegan a una de las cumbres de un género con pocas cumbres.
O, más bien, logran hacer realidad ese ideal que la ópera persigue siempre sin alcanzar casi nunca: la mutua necesidad entre teatro y música.
Pero la genialidad de Johannes Chrysostomus Wolfgangus Theofilus, esa que hace que tenga sentido, más allá de los cálculos y necesidades comerciales, recordarlo ahora que se cumplió exactamente un cuarto de milenio desde su nacimiento en la pequeña Salzburgo, no se limita al campo del teatro musical ni a sus chistes (los buenos).
• La genialidad de Mozart es sutil, a veces casi imperceptible, y transcurre por las tenues desviaciones de una norma que conocía demasiado bien y desde demasiada temprana edad.
La dosificación de las disonancias en su Fantasía en Re Menor para teclado, la fluidez de la línea melódica en movimientos como el Andante del Concierto Nº 21 en Do Mayor para piano y orquesta, el contrapunto del Kirie en su Misa en Do Mayor, la contención extraordinaria y la riqueza de los desarrollos en sus cuartetos en homenaje a Haydn, en sus quintetos con dos violas y en el fenomenal quinteto con clarinete, el impulso rítmico y el uso de las síncopas.
Sincopa: Nombre dado al efecto producido cuando se acentúa una nota en un tiempo débil del compás, esto es fuera del ritmo normal, o bien, supresión de algún sonido dentro de una palabra como por ejemplo: Navidad por Natividad; en sus dos sinfonías en Sol Menor (la 25 y la 40), el uso del color en la Gran Partita para instrumentos de viento.
Están las leyendas; están los nombres –los falsos y los verdaderos–; y está –y seguirá estando–, dándole sentido a una y a los otros, la música.